El Misterioso llanto de La Llorona (leyenda )- parte 1

El misterioso llanto de la Llorona

Cuentan las abuelas que, por las noches, deambula una hermosa mujer vestida de negro cerca de los lugares oscuros en donde corre el agua.  Su tragedia se hace eco en los gritos plañideros, largos y agudos.

Cuando llora lejos es que esta cerca y cuando lo hace cerca es que esta lejos.  Dicen que quienes la han escuchado ya no pueden andar, su paso se hace mas pesado y lento, sienten un aire tan frio con la presencia de este ser sobrenatural que casi les paraliza el corazon.  Pero si se oye el tercer grito y lo «halla a uno en el mismo lugar, de seguro que se lo gana».

Si escuchas un grito perdido en la  oscuridad de la noche, no dudes en empezar a correr.

Los terremotos de Santa Marta destruyeron la Ciudad de Santiago de Guatemala, hoy La Antigua Guatemala, un 29 de julio de 1773; el entonces Capitan General, don Martin de Mayorga, por orden del rey don Carlos III, decreto el traslado de la Ciudad al Valle de la Virgen, a pesar de la oposicion de una buena parte de la poblacion.

Es asi como la pequeña Maria de los Remedios Salazar y Rodriguez de la Palma, hija de un viejo español conservador, se convirtio en la señorita mas bella de la nueva ciudad.  Ella se ruborizaba al sentir las miradas de sus admiradores, que la envolvian al salir de misa en San Sebastian.  En todo lugar captaba la atencion de los jovenes por su deslumbrante hermosura.

Con resignacion, Maria acepto la energica orden de su padre: tenia que casarse con don Gracian Palma de Montes de Oca, un rico y prospero comerciante.  La boda se celebro con gran pompa en al primera catedral de la Ciudad de Guatemala, la que despues se llamaria Iglesia de Santa Rosa.

Dede entonces, ella vivio en una casona en el Callejon de La Soledad  y aislada, pasaba las horas en su jardin redeada de flores y recuerdos.

Todos los dias a las ocho de la mañana, Maria de los Remedios asistia a misa, la acompañaba una niña que  llevaba un cojin de seda para que se arrodillara en la iglesia.

Con discrecion, Juan de la Cruz, un joven fontanero, pobre y mestizo, la veia pasear por el Barrio de  Los Naranjitos.

«¿Por que me gusta tanto esta  mujer -pensaba con tristeza- si nunca podre alcanzarla»?

Celso Lara Figueroa.

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