Cuento clásico: La princesa y el guisante -2

Los reyes tomaron por cierta la historia que la chica les contó y aceptaron tenerla como huésped hasta el día siguiente, hasta que la tormenta pasara y pudiera regresar a su reino. Así, mientras la princesa se secaba y se ponía ropa limpia, el príncipe no desaprovechó la oportunidad de decirle a su madre que se había enamorado y que se quería casar con esa princesa. Pero la reina, que no estaba muy segura, contestó:

—¿Quién nos asegura que se trata de una verdadera princesa? Ha llegado a nuestra puerta sola y sin comitiva. No podemos negar que sus modales y vestidos son muy ricos y elegantes, pero podría estar engañándonos.

—¿Y cómo podremos saber si se trata de una princesa de verdad? —preguntó el príncipe.

—Solo hay una forma de saberlo —dijo la reina tras pensarlo un buen rato—, esta noche pondremos un pequeñísimo guisante debajo de su colchón o su almohada, y si es una princesa de verdad lo notará. Si no, sabremos que ha venido a engañarnos.

Y así se hizo. Al día siguiente, por la mañana, todos bajaron a desayunar. Todos menos la huésped, que llegó un poco más tarde:

—Buenos días, majestades. Espero que puedan disculpar esta demora en venir a desayunar, pero es que no he pegado ojo en toda la noche. El colchón de la habitación en la que habéis instalado tenía una gran bola que se me clavaba y no me permitía conciliar el sueño…

Después de escuchar aquellas palabras, no tuvieron dudas sobre si se trataba de una princesa o no.

—Lo que sucede —se adelantó a decir la reina—, no es que la cama tuviese una bola, sino que dudábamos de que fueras una princesa, por lo que pusimos un guisante en tu cama convencidos de que solo una princesa podría notar algo tan mínimo como un guisante debajo de un colchón.

—Y ahora que sabemos que eres una princesa —prosiguió el príncipe—, me gustaría pedir tu mano en matrimonio, pues me he enamorado de ti desde el primer momento en que apareciste frente a nosotros.

Al escuchar las palabras del príncipe la princesa se sonrojó, pues ella también se había enamorado de él desde el primer momento, y así quedó todo acordado. Poco tiempo después el príncipe y la princesa se casaron, siendo muy felices y pasando a reinar sobre sus extensos y ricos dominios, como el príncipe siempre había soñado.

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