La casa del Sol y la Luna -2

– ¡Bienvenido a nuestro hogar! Entra, no te quedes ahí fuera.

Abrieron la puerta de par en par y el Océano comenzó a invadir el recibidor. En pocos segundos, había inundado la mitad de la casa. El Sol y la Luna tuvieron que elevarse hacia lo alto, pues el agua les alcanzó a la altura de la cintura.

– ¡Me parece que no voy a caber! Será mejor que dé media vuelta y me vaya, chicos.

Pero la Luna insistió en que podía hacerlo.
– ¡Ni se te ocurra, hay sitio suficiente! ¡Pasa, pasa!

El Océano siguió fluyendo y fluyendo hacia adentro. La casa era gigantesca, pero el Océano lo era mucho más. En poco tiempo, el agua comenzó a salir por puertas y ventanas, al tiempo que alcanzaba la claraboya del tejado. Sus amigos siguieron ascendiendo a medida que el agua lo cubría todo. El Océano se sintió bastante avergonzado.
– Os advertí que mi tamaño es descomunal… ¿Queréis que siga pasando?

El Sol y la Luna siempre cumplían su palabra: le habían invitado y ahora no iban a echarse atrás.

– ¡Claro, amigo! Entra sin miedo.

El Océano, por fin, pasó por completo. La casa se llenó de tanta agua, que el Sol y la Luna se vieron obligados a subir todavía más para no ahogarse. Sin darse apenas cuenta, llegaron hasta cielo.

La casa fue engullida por el Océano y no quedó ni rastro de ella. Desde el firmamento, gritaron a su buen amigo que le regalaban el inmenso terreno que había ocupado. Ellos, por su parte, habían descubierto que el cielo era un lugar muy interesante porque había muchos planetas y estrellas con quienes tenían bastantes cosas en común.

De mutuo acuerdo, decidieron quedarse a vivir allí arriba para siempre.

Desde ese día, el Océano ocupa una gran parte de nuestro planeta y el Sol y la Luna lo vigilan todo desde el cielo.

Mundoprimaria

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