Cuento el ganso de oro – 3
A la mañana siguiente Tontín tomó el ganso en brazos sin preocuparse de las tres jóvenes que estaban pegadas. Ellas tuvieron que correr detrás de él, a la derecha o a la izquierda, según se le ocurriera ir.
En medio del campo se encontraron con el cura y, cuando este vio el cortejo, dijo:
—¿Pero no les da vergüenza muchachas, seguir así a un joven por el campo? ¿Creen que eso está bien?
Con estas palabras, tomó a la más joven de la mano con el fin de separarla, pero se quedó igualmente pegado y tuvo que correr también detrás. Poco después llegó el sacristán y vio al señor cura seguir a las jóvenes. Se asombró y gritó:
—¡Ay, señor cura! ¿Adónde va con tanta prisa? No olvide que hoy todavía tenemos un bautizo.
Se dirigió hacia él y lo tomó del abrigo, quedando también allí pegado. Iban los cinco corriendo uno tras otro, cuando se aproximaron dos campesinos con sus azadones. El cura los llamó y les pidió que lo liberaran a él y al sacristán. Pero apenas habían tocado al sacristán, se quedaron allí pegados y de ese modo ya eran siete los que corrían tras Tontín y el ganso.
Pronto llegaron a una ciudad, donde el rey que gobernaba tenía una hija que era tan seria que nadie podía hacerla reír. Para ese entonces él había firmado una ley diciendo que el hombre que fuera capaz de hacerla reír podía casarse con ella.
Cuando Tontín escuchó esto, fue con su ganso y todo su tren de seguidores ante la hija del rey. Tan pronto ella vio a las siete personas correr sin cesar, uno detrás del otro, de aquí para allá, comenzó a reír a carcajadas. Tontín se ganó el corazón de la princesa al haberle devuelto su risa. Los dos se casaron y fueron felices para siempre.
Paola Artmann





