Cuento de La Cenicienta – Parte 3

Su madrastra y sus hermanastras no la reconocieron, pues estaban acostumbradas a verla siempre harapienta y cubierta de ceniza. Cenicienta bailó y bailó con el apuesto príncipe toda la noche. Estaba tan embelesada que le pilló por sorpresa el sonido de la primera campanada del reloj de la torre marcando las doce.

– ¡He de irme! – susurró al príncipe mientras echaba a correr hacia la carroza que le esperaba en la puerta.

– ¡Espera!… ¡Me gustaría volver a verte! – gritó Alberto.

Pero Cenicienta ya se había alejado cuando sonó la última campanada. En su escapada, perdió uno de los zapatitos de cristal y el príncipe lo recogió con cuidado. Después regresó al salón, dio por finalizado el baile y se pasó toda la noche suspirando de amor.

Al día siguiente, se levantó decidido a encontrar a la misteriosa muchacha de la que se había enamorado, pero no sabía ni siquiera cómo se llamaba. Llamó a un sirviente y le dio una orden muy clara:
– Quiero que recorras el reino y busques a la mujer que ayer perdió este zapato. ¡Ella será la futura princesa, con ella me casaré!
El hombre obedeció sin rechistar y fue casa por casa buscando a la dueña del delicado zapatito de cristal. Muchas jóvenes que pretendían al príncipe intentaron que su pie se ajustara a él, pero no hubo manera ¡A ninguna le servía!

Por fin, se presentó en el hogar de Cenicienta. Las dos hermanastras bajaron cacareando como gallinas y le invitaron a pasar. Evidentemente, pusieron todo su empeño en calzarse el zapato, pero sus enormes y gordos pies no entraron en él ni de lejos. Cuando el sirviente ya se iba, Cenicienta apareció en el recibidor.

– ¿Puedo probármelo yo, señor?

Las hermanaras, al verla, soltaron unas risotadas que más bien parecían rebuznos.

– ¡Qué desfachatez! – gritó la hermanastra mayor.

– ¿Para qué? ¡Si tú no fuiste al baile! – dijo la pequeña entre risitas.
Pero el lacayo tenía la orden de probárselo a todas, absolutamente todas, las mujeres del reino. Se arrodilló frente a Cenicienta y con una sonrisa, comprobó cómo el fino pie de la muchacha se deslizaba dentro de él con suavidad y encajaba como un guante.

¡La cara de la madre y las hijas era un poema! Se quedaron patidifusas y con una expresión tan bobalicona en la cara que parecían a punto de desmayarse. No podían creer que Cenicienta fuera la preciosa mujer que había enamorado al príncipe heredero.

– Señora – dijo el sirviente mirando a Cenicienta con alegría – el príncipe Alberto la espera. Venga conmigo, si es tan amable.

Con humildad, como siempre, Cenicienta se puso un sencillo abrigo de lana y partió hacia el palacio para reunirse con su amado. Él la esperaba en la escalinata y fue corriendo a abrazarla. Poco después, celebraron la boda más bella que se recuerda y fueron muy felices toda la vida. Cenicienta se convirtió en una princesa muy querida y respetada por su pueblo.

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