El dragón amigable – 1
Hubo una vez, en una tierra lejana, un pueblo en el que todos los niños acostumbraban a salir a jugar durante horas y horas al río. Siempre regresaban de aquellas extensísimas horas de juego riendo y riendo a carcajadas pero sin decir por qué, lo que terminó despertando mucha curiosidad en los padres.
Por eso un día se decidieron todos a ir a recoger a los niños al río, en lugar de esperar a que volvieran, y pudieron observar que los niños se desviaban haca la cascada del río, donde habitaba un ser muy particular. Una enorme criatura se escondía debajo de aquella cascada, y era nada más y nada menos que… ¡un dragón! Sin embargo, aquel dragón no era como los que salían en las historias y fantasías que contaban siempre por los pueblos, que lanzaban llamas y atemorizaban a todo el mundo, sino todo lo contrario.
Aquel extraño dragón se veía muy manso y parecía estar encantado jugando con los niños sin parar. Pero los adultos no parecían estar demasiado convencidos de que el dragón no estuviese fingiendo para comerse después a los niños de un bocado, por lo que se fueron con mucho miedo llevándose a sus hijos con ellos y les prohibieron volver a ver al dragón.
Los niños se pusieron muy tristes porque todos querían seguir viendo a su gran amigo, al que daban manzanas para merendar; el que bebía grandes sorbos de agua del río para jugar y lanzárselos a los niños después como si fuera un elefante. Tras el castigo de los adultos todo era muy aburrido y triste, y gris. De nada servían las palabras de los niños ni sus comentarios acerca de las b
Hubo una vez, en una tierra lejana, un pueblo en el que todos los niños acostumbraban a salir a jugar durante horas y horas al río. Siempre regresaban de aquellas extensísimas horas de juego riendo y riendo a carcajadas pero sin decir por qué, lo que terminó despertando mucha curiosidad en los padres.
Por eso un día se decidieron todos a ir a recoger a los niños al río, en lugar de esperar a que volvieran, y pudieron observar que los niños se desviaban haca la cascada del río, donde habitaba un ser muy particular. Una enorme criatura se escondía debajo de aquella cascada, y era nada más y nada menos que… ¡un dragón! Sin embargo, aquel dragón no era como los que salían en las historias y fantasías que contaban siempre por los pueblos, que lanzaban llamas y atemorizaban a todo el mundo, sino todo lo contrario.
Aquel extraño dragón se veía muy manso y parecía estar encantado jugando con los niños sin parar. Pero los adultos no parecían estar demasiado convencidos de que el dragón no estuviese fingiendo para comerse después a los niños de un bocado, por lo que se fueron con mucho miedo llevándose a sus hijos con ellos y les prohibieron volver a ver al dragón.
Los niños se pusieron muy tristes porque todos querían seguir viendo a su gran amigo, al que daban manzanas para merendar; el que bebía grandes sorbos de agua del río para jugar y lanzárselos a los niños después como si fuera un elefante. Tras el castigo de los adultos todo era muy aburrido y triste, y gris. De nada servían las palabras de los niños ni sus comentarios acerca de las bondades del dragón, pues en realidad nadie escuchaba nunca a los niños cuando hablaban.





