El dragón que escupía chocolate -1
Si piensas que todos los dragones son malos y que echan fuego por la boca, te equivocas. Hace tiempo existió uno muy especial. No escupía fuego y apenas podía volar. La verdad es que no escupía nada. Todo el mundo en su pueblo se burlaba de él llamándole Llamaseca.
Aunque un día la historia cambió. Cuando se hizo mayor decidió armarse de valor y salir a explorar el mundo. Puede que no pudiera ni tostar unas simples almendras, ni elevarse dos palmos del suelo con sus débiles alas. Pero estaba tan harto de tantas burlas que lo que no podía era aguantar ni un minuto más a aquella pandilla de maleducados. Y se fue.
Caminó y caminó sin mirar atrás durante varios días por el Bosque Negro que rodeaba la Tierra de los Dragones hasta que llegó a un claro donde no había nada más que hierba verde. El dragón se quedó asombrado mirando aquella hierba. Jamás se había imaginado que de la naturaleza pudieran brotar colores tan hermosos. Era lógico que nuestro amigo no hubiera visto nunca algo así, ya que sus vecinos incendiarios lo arrasaban todo en sus prácticas de vuelo.
Mientras miraba embelesado aquel milagro de la vida apareció una viejecita que parecía salir de la nada. Sí, la típica viejecita de los cuentos, esa que nunca sabes si va a ser buena o va a ser mala, y que siempre imaginamos con pinta de bruja.
– Amigo dragón, ¿qué miras con esa cara de asombrado?- preguntó la vieja.
– Miro los colores del campo- respondió el dragón-. Nunca los había visto.
– Y, ¿por qué no los quemas?- insistió la buena señora, a ver si lo provocaba.
– Porque no puedo -dijo el pobre dragoncito, con cara de pena-. No tengo fuego en mi garganta, ni fuerza para volar, ni nada que merezca la pena.
Entonces, la vieja bruja le miró a los ojos fijamente, estudiando la profundidad de su mirada. Después de un rato observando a aquel dragón le dijo, muy seria:
– A ti lo que te pasa es que te falta valor para intentarlo. ¿Hace cuánto tiempo que no das un salto e intentas volar?
Eva María Rodríguez





