Ana y las margaritas -1
En una ciudad lejana pero muy parecida a la nuestra vivía una niña de nombre Anita. Tenía el cabello rizado y castaño y sus ojos eran celestes como el mar. A la pequeña le gustaba mucho cantar y observar las flores de los jardines.
Pero lo que más le gustaba y hacía además con mucho cariño y dedicación era plantar margaritas en el jardín de la casa de su abuelo. Juntos las regaban y cuidaban hasta que estaban lo suficientemente grandes como para venderlas en el mercado de flores. Con el dinero que sacaban ayudaban juntos a los niños más necesitados.
Una mañana de verano, estaba Anita en casa de su abuelo de regando las margaritas cuando una señora con un sombrero marrón y un niño en los brazos se acercó y le dijo:
-Pequeña, ¿podrías darme algo de comer o algún dinero? No tengo trabajo y mi esposo está muy enfermo.
Un momento señora, voy a entrar dentro a hablar con mi abuelo. Seguro que él puede ayudarle
Pero el abuelo de Anita se había quedado dormido mientras veía la tele y la niña no quiso despertarlo. Así que en ese momento tuvo una gran idea:
– Ya sé lo que haremos. Iremos juntas al mercado a vender las flores como cada miércoles y le daré todo el dinero que ganemos.
– Gracias pequeña, me parece una idea estupenda.
La niña cortó un enorme ramo de flores del jardín y lo adornó con unas ramitas verdes de helechos plumosos, con él partieron hacia el mercado para vender las flores.
Anita ofrecía sus margaritas a todos los que pasaban a su lado cantando una pequeña canción que ella misma se había inventado:
-¡Señora, señorita, por favor cómpreme usted estas margaritas para darme una ayudita!
Todo el mundo se paraba para escuchar su voz angelical y le compraba un ramito de flores tan bellas y sencillas como ella.





