Cuento – Un enfado incontrolable – Parte 1

El príncipe creció con fama de enfadarse muy fácilmente.

Había una vez un joven príncipe que tenía un secreto que ni él mismo conocía: siendo un bebé, había sido embrujado por un antiguo enemigo del reino. Era un hechizo muy extraño, pues su único efecto era que conseguía enfadar al príncipe cada vez que oía una palabra secreta.

Pero aquella palabra era tan normal, y estaba tan bien elegida, que siempre había alguien que la decía. Así que el príncipe creció con fama de enfadarse muy fácilmente, sin que nadie llegara nunca a sospechar nada.

Lo malo es que, como le pasa a todo el mundo, cuando se enfadaba terminaba metiendo la pata. Gritaba o hacía lo primero que se le venía a la cabeza, que casi siempre era la peor de las ideas. Y eso, en alguien que mandaba tanto, era un problema muy gordo.

Sus errores causaban tantos problemas que el clamor de los habitantes del reino se elevó con tal fuerza que… ¡salió de su propio cuento! y un montón de diminutos personajes acabaron discutiendo con el escritor de aquella historia.

– ¿A quién se le ocurre ponernos un príncipe así? ¡Con lo bien que vivíamos antes!
– ¡Esto es injusto!
– Este escritor no tiene corazón ¡Se va a enterar de lo que es bueno!
– Ahora sabrá lo que es vivir con alguien así… ¡vivirá en nuestro reino hasta que lo arregle!

Y, entre gritos y protestas, los personajes secuestraron al escritor para llevarlo al cuento. Allí descubrió el sorprendido escritor lo duro que era aguantar los gritos del príncipe y sus decisiones precipitadas. Porque cuanto más se equivocaba, más se enfadaba, y más volvía a equivocarse.

Intentó de todo para calmarlo, pero el hechizo funcionaba perfectamente, y solo consiguió llevarse gritos y castigos.
– Menuda tontería hice inventando aquel hechizo solo porque yo estaba enfadado ese día. Si hubiera escrito las palabras secretas o la forma de anularlo, ahora podría arreglarlo todo- se dijo el escritor-. Pero ya no controlo el cuento, y mucho menos el humor del príncipe…

P/Pedro Pablo Sacristán

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