El dragón que escupía chocolate -2

El dragón la miró sorprendido. Descubrió que jamás había intentado volar alto, que sólo agitaba las alas un poquito, pero sin ponerle empeño ninguno. ¿Para qué iba a intentarlo, si ya sabía él que no podía? Toda la vida se había pasado el pobre escuchando que no podía volar. ¿Cómo iba a saber él más que el resto de dragones?

– Muy bien, amigo dragón -dijo la anciana. Te propongo un trato. Si tú consigues volar hasta lo alto de aquella montaña y me traes un huevo del águila calva que allí vive yo te devolveré el don de escupir fuego, un fuego voraz que arrasará con todo lo que se encuentre a tu paso.

El dragón no podía creer lo que oía. Sólo tenía que hacer un pequeño esfuerzo y podría ser tan malvado como los demás. Cogió carrerilla y, cuando iba a dar el salto…
– Espera un momento -dijo el dragón parando en seco-. ¿Para qué quieres tú ese huevo?

¡Y a ti que te importa, dragón entrometido! -respondió la vieja, furiosa -. Vete volando a por ese huevo o jamás recuperarás tu dichoso fuego.
– ¿Sabes qué te digo bruja? -dijo el dragón, con cara de pocos amigos-. Que no quiero tu fuego. Yo no quiero arrasar los campos ni quemar los bosques. No quiero que la gente me odie por destruir lo que más aman. Sólo quiero disfrutar de la belleza de la vida y encontrar gente que me quiera y no gente que me quiera ayudar por interés.

La  vieja, tras oír estas palabras, entró en cólera. Empezó a conjurar un hechizo que hizo que se oscureciera el sol y que se apagara el color de las flores.

El dragón, asustado, echó a correr tan rápido que cuando se quiso dar cuenta estaba volando.

– ¡Puedo volar! -gritó a los cuatro vientos.

Después de varias horas de vuelo, el dragón estaba agotado. Cuando aterrizó pensó que, si había podido volar, también podría hacer otras cosas. Pero no quería echar fuego por la boca, así que deseó muy fuerte hacer algo que pudiera hacer al mundo más feliz. Entonces abrió la boca para escupir, a ver qué salía. ¡Y salió chocolate! ¡Chorros de chocolate calentito, listo para tomar con unos buenos churros!

Unos niños que pasaban por allí lo vieron, y corrieron a ver a aquel milagroso dragón.

– Ven con nosotros a nuestro pueblo
– Podrás vivir con nosotros y seremos todos muy felices.Y así fue. El dragón se fue con los niños y fue recibido con los brazos abiertos. Y como todos los días el dragón les daba chocolate calentito para desayunar, ahora todo el mundo lo conoce como Llamadulce.

Eva María Rodríguez

Deja tu Comentario

comentarios