El hombre de jengibre – 2

Pero el hombre de jengibre tampoco se detuvo en esta ocasión, continuando veloz su huida. Y aunque el cordero siguió saltando y saltando detrás de él, el hombre de jengibre se mantuvo a salvo y lo suficientemente lejos como para escapar.
Y así fue cómo ni la viejecita, ni el pato, ni el cerdo, ni el cordero, pudieron atrapar al hombre de jengibre, hasta que se topó con un nuevo obstáculo en el camino:

—¡Ven aquí! —Gritó la viejecita que de nuevo había aparecido en su camino.

—¡Cuá, cuá! —Graznó el pato, que también apareció.

—¡Oink! ¡Oink! —Exclamó el cerdo, que se encontraba cerca y hambriento.

—¡Bee! ¡bee! —Baló el cordero, acercándose a todos ellos.
Todos habían conseguido alcanzar finalmente al hombre de jengibre, que aun así se burlaba de sus perseguidores por ser más rápido y ágil que ellos. Sin embargo, al llegar al río el hombrecillo se encontró con un ser mucho más astuto que todos los demás, un zorro, y al verle dijo:

—He huido de una anciana, de un cerdo, de un pato y de un cordero, por lo que tú tampoco podrás alcanzarme. ¡Corre, corre, como hicieron los demás, pues no podrás cogerme jamás! ¡Soy el hombre de jengibre!

Entonces el zorro, con una sonrisa pícara en su rostro, propuso ayudar al hombrecillo a cruzar el río, y este, apremiado por la necesidad de cruzar el río lo más rápido posible aceptó, subiéndose enseguida al lomo del zorro, que cruzó rápidamente hacia la otra orilla.

—¡Ja, ja! ¡No pueden alcanzar a alguien como yo! ¡Son lentos como un caracol! —Seguía gritando el hombre de jengibre a la anciana, al pato, al cerdo y al cordero.
—¡Tienes razón! ¡Eres un valiente! —Exclamó el zorro, peguntando a continuación— ¿Por qué no subes a mi cabeza para que puedas burlarte mejor de aquellos a los que dejas atrás?

El hombre de jengibre, que se sentía invencible, no encontró peligro alguno en las palabras del zorro, que parecía muy amable, haciéndole caso y subiéndose a su cabeza. Y, apenas subió, con un movimiento muy rápido, el zorro lanzó al hombre de jengibre al aire y lo atrapó con sus afilados dientes, disfrutando tras un crujido de su deliciosa y dulce presa.

Finalizada la búsqueda del hombre de jengibre por parte del cerdo, del cordero, del pato y de la anciana, esta última regresó a casa para descansar, y allí horneó un rico pastel de jengibre para poder reponer fuerzas y sin volverse a arriesgar, pues tanto correr le había hecho tener aún más hambre de la que ya tenía. ¡Quien quiere galletas con brazos y piernas con tanta hambre!

El Bosque de Las Fantasías

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