La manta mágica -2

El lobo empezó a buscar. Abrió todas las puertas y miró dentro de todos los armarios. Incluso miró en los cajones. Aunque la verdad es que fue algo un poco extraño ¿Quién se iba a meter en un cajón?

Justo cuando entraba en la habitación, al lobo le sonó el móvil. Claro, porque los lobos también se adaptan a los nuevos tiempos. La llamada era de su cómplice, una loba a la que habían apaleado casi tantas veces como a él de lo mala que era.
-¡Sal de ahí!- le dijo la loba por teléfono -. La abuelita está llegando ya y te va a pillar.

El lobo empezó a dar vueltas sin sentido, sin saber dónde meterse. Al final, decidió meterse debajo de la cama.
¡Oh, no! ¡Debajo de la cama estaba…. Elisa! Cuando la niña sintió que se metía el lobo dentro se puso a temblar de miedo. Entonces recordó que no la podía ver porque llevaba puesta la manta mágica, así que esperó hasta que su abuela entrara. La niña recordó que la puerta se había quedado abierta, así que supo que la abuela sospecharía algo en cuanto la viera. Era una auténtica aventurera, seguro que estaba preparada.

Cuando Elisa sintió los pasos de su abuela, lentos y pausados, se imaginó que estaba al acecho, como en sus aventuras. Cuando la notó más cerca, le dio un pellizco al lobo donde más duele. La sorpresa y el dolor hicieron que el lobo pegara un grito y saliera como loco de debajo de la cama. En cuanto salió, la labuelita le pegó un golpe tan fuerte con un palo que el pobre lobo salió medio atontado de allí.

Cuando había pasado el peligro, la abuelita dijo con voz firme:
-Elisa, ya puedes salir de debajo de la cama.
-¿Cómo sabías que estaba ahí metida, abuelita? -preguntó la niña, sorprendida.
-Porque yo hubiera hecho lo mismo que tú hija mía-contestó-. Seguro que has pasado mucho miedo.
-Bueno, no tanto -dijo la niña con cara de valiente -. Esta manta que me he encontrado y que te hace invisible me ha ayudado.
¡Ay, la manta, la manta! -dijo la abuelita -. ¡Dichosa manta! Seguro que te entretuviste jugando con ella y no te diste cuenta de que no debías abrir la puerta.
-Lo siento, abuelita. Ya he aprendido la lección. A partir de ahora estaré más atenta y pensaré antes de hacer las cosas.

Desde entonces, Elisa tiene siempre cerca la manta de su abuelita, pero no ha vuelto a abrir la puerta a nadie y presta atención a todo lo que le dicen, por si acaso.

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