Cuento Simbad, el marino -2
Pero Simbad consiguió agarrarse a una madera que flotaba por allí hasta que una ola lo arrojó sobre una playa.
-¡Qué mala suerte! -dijo Simbad-. ¡Consigo escapar de un problema para meterme en otro peor!
Entonces Simbad se dio cuenta de que aquel misterioso valle también estaba lleno de preciosos diamantes.
-¡Aquí estoy, rodeado de la mayor fortuna del mundo y condenado a no salir jamás! -se lamentó Simbad.
Sin embargo, por si acaso, Simbad llenó un saquito de cuero que llevaba encima con diamantes. Mientras metía los diamantes en la bolsa tuvo una idea:
-Mataré a una serpiente y me ataré a ella con el turbante. Luego esperaré a que venga el pájaro Roc a comérsela. Entonces me iré con él.
Y así ocurrió. Durante el viaje, el pájaro Roc sobrevoló el mar. Simbad divisó un enorme barco navegando sobre las aguas azules. Cortó con un cuchillo el turbante y cayó al agua, confiando en que los tripulantes del barco le rescataran.
Gracias a los diamantes a Simbad nunca no le faltó de nada. Aún así, decidió volver a embarcarse. Pero, ya en alta mar, unos piratas asaltaron su barco y lo apresaron para venderlo como esclavo.
-Pareces un hombre fuerte -dijo un mercader que quería comprarlo. -Dime qué hacer para ver si me puedes servir.
-Manejo muy bien el arco -contestó Simbad.
-Bien, demuéstramelo -dijo el mercader-. Ve a la selva y tráeme marfil de elefante.
Pero a Simbad le daba mucha pena cazar elefantes y siempre fallaba los disparos. Un día vio un elefante muy viejo y lo siguió. Este le llevó hasta el cementerio de los elefantes. Allí había tantos colmillos que, cuando informó a su amo, éste se volvió loco de alegría.
Para agradecer la fortuna que haría gracias a él, el hombre le dejó libre y le regaló un barco para que Simbad siguiese recorriendo los mares y viviendo grandes aventuras.
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